Periodista de profesión y convicción.

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Ismenia Ardila Díaz. Comunicadora Social-Periodista.

jueves, 28 de abril de 2011

Detrás de la procesión

Por Ismenia Ardila Díaz
isardiaz@gmail.com


El mundo entero cambia y las procesiones de Popayán siguen en pie. Síndicos, regidores, cargueros, sahumadoras, moqueros, músicos… todos los miembros de la cofradía siguen portando el barrote de la tradición con orgullo y decisión. Son indiscutibles los ajustes, como los esfuerzos y avances en su organización. De allí que para las imágenes desapareciera la amenaza del tiempo, gracias a los esfuerzos del taller de restauración de la Junta Permanente Pro Semana Santa y la majestuosidad del ceremonial se mantenga, con eventos paralelos de excelente calidad como la muestra Manos de Oro. No en vano apenas termina la celebración, empiezan los balances y las proyecciones. Las procesiones caminan todo el año.
El ‘blindaje’ de la organización se puso a prueba de nuevo este año sin que podamos desestimar algunas alertas. Como en años anteriores, el jueves santo la lluvia obligó a los cargueros a suspender el desfile, buscar refugio para las imágenes y pasado el chaparrón terminar solitariamente el recorrido para renovar su compromiso centenario. Sin embargo, alrededor de la acendrada costumbre las prácticas cambian y el entorno mismo de los espectadores. Menos turistas, más propios pero extraños, ajenos al ‘espectáculo’. Para el espectador callejero desaparecieron casi que por completo los espontáneos relatos de las historias y orígenes de las imágenes de tal o cual paso a cambio de toda clase de murmullos y conversaciones desde celulares y blac berry, matizadas ahora por la violenta embestida de un grupo de jóvenes.
El entorno social no puede ocultarse. La incultura ciudadana, la indiferencia y el desconocimiento de la celebración misma tienen aquí otra expresión. De allí que muchos asistan a las procesiones como a un partido de fútbol o al cine, armados de comida chatarra, en plan de ‘parranda santa’ y convite, sin recato ni respeto alguno por el rito religioso. Pero no es buscando culpables, es preguntándonos qué hay detrás de estos síntomas y cómo podemos atenderlos. Cada quien participa o mira el ceremonial desde su propia esquina, los que tiene un vínculo afectivo, familiar y directo con él, los que arriban en calidad de turistas, en plan de ‘entretenimiento’ y se convierten en simples mirones de una histórica tradición. Hay que preguntarse qué hay detrás de estas prácticas y trabajar también todo el año en atender estas preocupaciones como parte de una estrategia integral de todos los actores vinculados directa o indirectamente con la más importante actividad del año en Popayán, cuya incidencia económica no es nada despreciable para la economía local. En el caso de los jóvenes no se trata de responder como simples fariseos: crucifíquenlos.
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Adenda 1: Que todo el año sea Semana Santa y en toda la ciudad. Necesitamos calles, andenes y aleros en buen estado, para que las nostalgias no se posen también en estos referentes urbanos.
Adenda 2: Solidaridad con la familia del profesor José Tomás Jaramillo, otra víctima inocente de la fragrante delincuencia que se pasea por nuestras calles. Válido y necesario el rechazo de los unicaucanos a este nuevo crimen que nos reitera que no podemos desestimar el fantasma de la violencia cotidiana. Paz en su tumba y fortaleza para los suyos.
www.el-atrio.blogspot.com

jueves, 7 de abril de 2011

Aunque suene como disco rayado

Por Istmenia Ardila Díaz
www.el-atrio.blogspot.com

Interesante y necesario el debate que se ha venido promoviendo en algunos medios nacionales en torno a los orígenes de la corrupción, ese monstruo de mil cabezas que invade hoy prácticamente todos los espacios públicos y privados de nuestra sociedad. A diario al encender la televisión o la radio nos sintonizamos con los últimos acontecimientos, en su mayoría tristemente asociados a ella. Y no falta quienes argumenten que no es más que parte del show mediático tras el raiting. Por supuesto que da para ello, pero qué pena, si no es por eso, quién sabe a qué más estaríamos abocados.
No podemos desestimar la importancia del tema. La corrupción capturó al Estado y como lo sugirió Elizabeth Ungar, Directora de Transparencia por Colombia, aquí “debería declararse una emergencia ética”. La corrupción campea por todas partes por cuenta de sobrecostos en obras, ‘roscas’, coimas, tráfico de influencias, obras mal hechas o con materiales de mala calidad, improvisada planeación y violatorias de la ley.
Ante el llamado escándalo del carrusel de la contratación, novelón del que todos los días tenemos un nuevo capítulo, uno de sus protagonistas, Miguel Nule llegó a afirmar que "la corrupción es inherente al ser humano". Pero es que hemos llegado al cinismo en que el honesto es la excepción, sinónimo de pendejo, tonto. La corrupción se nutre a diario con la pasividad del “deje así”, “eso no es conmigo”, “sálvese quien pueda”, “pero es que…”. La afirmación y la indiferencia consolidan al corrupto y por eso estamos como estamos.
La corrupción soporta hoy a muchos, por eso se hace cada vez más difícil combatirla y ha adoptado diversas formas, cada vez más complejas, no es un problema de pocos, existe aunque no la reconozcamos, sus consecuencias nos afectan cada vez más y siguen restando: menos educación, menos salud, menos vivienda… casi invisible recreación y cultura –eternas cenicientas-.
El problema no se reduce a lo judicial, si hay o no capacidad para investigar o castigar a los responsables, también si hay opción de denunciar o señalar, porque todo se compra, se intimida o se presiona. El hecho de que no abunden las denuncias no significa que no exista ni que influya de manera importante. Como ya lo han dicho muchos: “lástima que las denuncias y las víctimas no tengan rostro”.
Como quisiéramos, por ejemplo, que desde el ámbito regional hubiera viabilidad para una prensa mucho más crítica que contribuyera a develar tanto ‘tape tape’ del que se habla por doquier. Pero no es fácil. Por eso hay que celebrar y respaldar a quienes tímidamente hacen esfuerzos para sostenerse en la investigación y denuncia, a riesgo del castigo publicitario que se le viene encima.
Como lo ha afirmado reiteradamente Elizabeth Ungar, Directora de Transparencia por Colombia, “la corrupción y la violencia son los dos problemas más persistentes y graves que afectan la gobernabilidad y la legitimidad de las instituciones en nuestro país, hasta el punto que han sido temas centrales y decisorios de las últimas tres campañas presidenciales, y seguramente lo serán en las elecciones territoriales de octubre próximo”. Hay que insistir en el tema aunque suene como disco rayado y como dijera un columnista del diario por estos días, en esta Cuaresma, seria edificante ver a ciertos políticos en algo más que ritos religiosos, sino demostrando propósitos de enmienda. Los milagros existen.